Nunca me ha gustado Carlos Saura, con la excepción de La Caza, intensa como pocas. Considero su cine poco más que ejercicios solipsistas continuos donde abusa de la simbología más barata anulando cualquier atisbo de narratividad cinematográfica. Ana y los lobos no es diferente, una película muy pretenciosa que pretende ir más allá, ser bigger than life, pero que se queda a medio camino por lo evidente de su propuesta, que no es otra que analizar la España decadente del ya de por si decadente franquismo. Personajes prototípicos en exceso con tal de que nos quedemos con un sector de la población española, un surrealismo excesivamente forzado y un desaprovechamiento absoluto de un tema tan interesante como es el de las máscaras y las identidades construidas de cara a la sociedad. El hermano al que vestían de niña, un fracasado wannabe realmente patético que se disfraza como algo que no es; el otro hermano, con un matrimonio que no quiere (¿Quién sabe si se casó de penalti?) y el interpretado por Fernán Gómez como el clásico que quiere hacer ver que es diferente y luchar contra sus raíces cuando no deja de ser otro perdedor insatisfecho con su vida. Creo que se le podía haber sacado más jugo de haber tenido una idea menos pretenciosa y sí más, por llamarla de algún modo, convencional. Saura debería ver algo del cine de Cronenberg y aprender lo que es mostrar las dos caras de una persona. Tampoco me he creído en ningún momento esa ruptura que provoca en sus vidas el personaje de Ana, no me he tragado nunca ese soplo de aire fresco que es, ni el que todos confíen tanto en ella, ni la fascinación que provoca. No hay motivos para ello más allá de querer simbolizar el pseudoaperturismo del franquismo en sus últimos años y el choque que hubo ante la entrada de la "modernidad". Yo soy muy clásico y me gusta que los personajes estén bien perfilados, y que después de A vaya B, y todo responda a un orden. Me ponen malo esta clase de películas donde, con la excusa de la postmodernidad o qué se yo, se abusa injustificadamente de acciones irracionales o de un guión sin pies ni cabeza más allá del que tenga en mente su creador. Eso sí, la película me ha transmitido constantemente la sensación de asco que siente la protagonista, es quizás el único aspecto que puedo decir que me ha convencido.
Por lo demás, una puesta en escena corrientita, salvada por la fotografía (como casi siempre en su cine) y por el montaje, y unas buenas interpretaciones, aunque esto último, teniendo a Geraldine Chaplin y a Fernán Gómez es lo mínimo exigible. A destacar: pedazo de travelling hacia el rostro de Fernando Fernán Gómez cuando ve por primera vez a Ana. Brutal lección de cine setentero. Eso sí, como es Saura, ya es cine de autor.
jueves, 4 de marzo de 2010
martes, 16 de febrero de 2010
Top 5: Los mejores momentos de 2009
Si hace unos días colgaba aquí (con su éxito habitual) los 5 peores momentos que he pasado este año viendo una película, creo que toca la hora de disfrutar y quedarnos con los mejores momentos que hemos tenido la oportunidad de ver durante el pasado año. He tenido que hacer una criba, porque si bien no ha sido un gran año, sí que hemos tenido algunos detalles para el recuerdo. Eso sí, uno ha pevalecido por encima de todos: cuando dejaron de aparecer imágenes al final de Terminator Salvation.
5 - Nixon se sabe derrotado. Frost/Nixon ha sido una de mis debilidades de este pasado 2009. Pasó casi inadvertida, y tras el fiasco que supuso Benjamin Button (impensable que no me gustase demasiado esta peli de mi adorado Fincher), más me sorprendió que mi peli favorita de los pasados Oscars estuviese dirigida por mi archienemigo, Ron Howard. No la esperaba demasiado buena, pero conforme la historia avanzaba me enganchaba más y más. ¿Por qué? Sencilla y llanamente porque el enésimo estudio del poder escrito por Peter Morgan era simplemente brillante y nos deconstruía un momento clave en la historia del periodismo y, más particularmente, en la historia estadounidense. La magnética interpretación de Langella, que lleva el personaje hasta límites insospechados, consigue que incluso empaticemos con este Nixon casi carismático, y que sintamos pena por cómo está apabullando a David Frost con sus respuestas. Pero este consigue cortarle en seco: ¿Y el pueblo americano?. Y nos proporciona el que es, bajo mi punto de vista, el plano del año, un detalle conseguido gracias a la magnífica interpretación de un actor y a que Ron Howard no metió la pezuña. La soberbia del rey destronado, la humillación de Goliat al ser vencido por David. Todo ello gracias a un elemento puramente televisivo: el reduccionismo del primer plano. Nixon duda y finalmente responde: les fallé.

4 - Hans Landa aparece de forma leoniana. Con Death Proof Tarantino tocó fondo. Hizo una película mala, insufrible, aburrida, egocéntrica, pretenciosa. Una broma hecha para él y su amiguito, el desastroso Robert Rodríguez, sencillamente insoportable, siendo la peor película del 2007 con absoluta diferencia (aunque también anda por ahí Inland Empire). Con Malditos bastardos no ha vuelto el mejor Tarantino, ese de Reservoir Dogs y Pulp Fiction, si no ese irregular capaz de darnos momentos impagables y otros pesadísimos y aburridos donde se le va la mano con la verborrea. Cinéfila y excesiva, el plagiador con más talento del cine actual nos presenta a su personaje icono de una forma que recuerda a Lee Van Cleef y su espectral aparición en El bueno, el feo y el malo. Desde este momento, Hans Landa (un recital de Christoph Waltz) se adueña de la película, y por ello es su mejor y su peor elemento: es tan bueno que cuando aparece no despegas la mirada, pero es tan bueno que hace que el conjunto (a excepción de Melanie Laurent, qué descubrimiento, y magnífica en el homenaje a Duelo al sol) se resienta cada vez que no aparece, especialmente con esos decepcionantes Bastardos que prometen más de lo que dan.




3 - Joseph Gordon Levitt baila enamorado. 500 days of Summer es una de las películas más disfrutables del año. Su protagonista Joseph Gordon Levitt está enamorado de Zooey Deschanel (como para no...). Zooey Deschanel no está enamorada de nuestro protagonista Joseph Gordon Levitt. Y en torno a ello se construye toda la historia, deparando momentos simplemente antológicos (la hermana del protagonista, Chloe Moretz, que interpretará a Hit Girl en Kick-Ass, es todo un descubrimiento), una relación que no es relación, entre dos personajes de los que te terminas enamorando, conectas con ellos y lo pasas bien cuando ellos lo pasan bien y te jodes cuando ellos están jodidos. Es lo que se llama una película bien construída. Eso sí, para verla hay que tener novi@ o haber estado enamorado alguna vez para entender ese cosquilleo que te entra al pensar en esa persona o la sensación de ir por la calle con la cabeza alta pensando en esa persona y con ganas de gritar "ESTOY ENAMORADO". 500 days of Summer habla de ello como pocas, y actualizando el mito de Cantando bajo la lluvia, pone a su protagonista a cantar y bailar en una mágica coreografía con toque muy cartoon en mitad de la calle mientras va hacia el trabajo para celebrar que por fin ha hecho el amor con ella. Realmente cuando estás enamorado y vas por la calle todo te parece maravilloso, parece que la gente te saluda y no puedes dejar de decirlo. Así es 500 days of Summer.
2 - El fin del sueño de los Wheeler. Si 500 days of Summer es la película más disfrutable del año, Revolutionary Road está en el otro extremo. Una película dura, intensa, terrible como pocas. Si Mendes ya revolucionó el cine dinamitando los cimientos de la sociedad norteamericana más clásica en esa obra maestra llamada American Beauty, aquí lo lleva un punto más allá aumentando la crudeza y el malditismo. Si bien el personaje de Spacey celebraba su mediocridad apartándose de todo y siendo libre de las ataduras, Frank Wheeler decide aceptar la mediocridad por dinero hundiendo así el sueño de su esposa. Cuando todo parecía que iba a mejor, cuando Mendes comienza a darles un respiro a todos los personajes y estos parecen ver la luz al final del túnel, todo sufre un giro de 180º. Como en American Beauty, como en Camino a la Perdición, como en la irregular Jarhead. Un embarazo, y una decisión cobarde por parte de Frank. Y tras unos preparativos realmente macabros (mientras April lleva el agua caliente se me vino inevitablemente a la cabeza el vaso de leche de Sospecha) llega la tragedia. Mendes saca a relucir una sensiblidad brutal y todo toma el tono de un poema desagradable y mortal, una pequeña panorámica de unos pies y un travelling out escalofriante. Y es que, si Revolutionary Road tiene mucho en común con su ópera prima al narrar las desventuras de una supuesta familia modélica, su final es calcado al de su epopeya gangsteril. Tom Hanks/Kate Winslet mira a través del cristal esa felicidad irreal que jamás podrá alcanzar, la paz en el horizonte. Y en el cristal se ve el reflejo de la muerte. Uno su némesis con el desfigurado rostro de Jude Law; la otra, la dura y apabullante realidad.






1 - Una vida en 4 minutos. Que Up es la mejor película del año es para mí un axioma (a pesar de los perros). Es innegable, el punto de madurez que han alcanzado los proyectos de Pixar la hacen a día de hoy ser la auténtica fábrica de sueños, esa que Hollywood cerró cuando empezó a venderse a las compañías de electrónica, televisión, y demás. Hay innumerables calificativos para Up, pero para ser directo, me quedaría con que es mágica. Apenas habían pasado 5 minutos de película y las lágrimas ya salían de mis ojos. Esos primeros cinco minutos contienen más cine que toda la carrera de muchos llamados maestros. La capacidad narrativa, la brillante economía del lenguaje, el portentoso uso de las elipsis... hay grandes momentos en esta cinta de animación, momentos de puro detalle con pequeños gestos, palabras, que la hacen ser la película de dibujos animados que John Ford habría firmado si siguiese vivo (hay detalles extraídos directamente de Las uvas de la ira, un referente poco infantil). Pero esos primeros 5 minutos son toda una lección de maestría cinematográfica. Una película sobre el inconformismo y la valentía, valores cada día más perdidos. Y un mensaje que a mí me hace falta aprender: los sueños, si luchas, se cumplen.
Y algunos que me dejo en el tintero:
- La muerte de Clint Eastwood en Gran Torino
- Los títulos de crédito a ritmo de Dylan de Watchmen
- La aparición del Dr. Manhattan en Watchmen
- El nuevo mundo ante los ojos de Coraline
- Dickens en la India: el niño ciego reconoce al protagonista en Slumdog Millionaire
- Melanie Laurent preparándose para la venganza a son de Bowie en Malditos Bastardos
- Malamadre aparece, como los grandes malvados del cine clásico, en Celda 211
- Januray Jones aparece en barco mientras suena Elenore, de The Turtles, en The Boat that Rocked
- La visita a Mike Tyson y Bradley Cooper con el tigre en Resacón en Las Vegas
- Distrito 9, a secas.
- Bill Murray se levanta como un zombie en Bienvenidos a Zombieland
- Jason Segel (love) y Paul Rudd tocan Tom Sawyer, de Rush, en la algo simplona Te quiero, tío
5 - Nixon se sabe derrotado. Frost/Nixon ha sido una de mis debilidades de este pasado 2009. Pasó casi inadvertida, y tras el fiasco que supuso Benjamin Button (impensable que no me gustase demasiado esta peli de mi adorado Fincher), más me sorprendió que mi peli favorita de los pasados Oscars estuviese dirigida por mi archienemigo, Ron Howard. No la esperaba demasiado buena, pero conforme la historia avanzaba me enganchaba más y más. ¿Por qué? Sencilla y llanamente porque el enésimo estudio del poder escrito por Peter Morgan era simplemente brillante y nos deconstruía un momento clave en la historia del periodismo y, más particularmente, en la historia estadounidense. La magnética interpretación de Langella, que lleva el personaje hasta límites insospechados, consigue que incluso empaticemos con este Nixon casi carismático, y que sintamos pena por cómo está apabullando a David Frost con sus respuestas. Pero este consigue cortarle en seco: ¿Y el pueblo americano?. Y nos proporciona el que es, bajo mi punto de vista, el plano del año, un detalle conseguido gracias a la magnífica interpretación de un actor y a que Ron Howard no metió la pezuña. La soberbia del rey destronado, la humillación de Goliat al ser vencido por David. Todo ello gracias a un elemento puramente televisivo: el reduccionismo del primer plano. Nixon duda y finalmente responde: les fallé.

4 - Hans Landa aparece de forma leoniana. Con Death Proof Tarantino tocó fondo. Hizo una película mala, insufrible, aburrida, egocéntrica, pretenciosa. Una broma hecha para él y su amiguito, el desastroso Robert Rodríguez, sencillamente insoportable, siendo la peor película del 2007 con absoluta diferencia (aunque también anda por ahí Inland Empire). Con Malditos bastardos no ha vuelto el mejor Tarantino, ese de Reservoir Dogs y Pulp Fiction, si no ese irregular capaz de darnos momentos impagables y otros pesadísimos y aburridos donde se le va la mano con la verborrea. Cinéfila y excesiva, el plagiador con más talento del cine actual nos presenta a su personaje icono de una forma que recuerda a Lee Van Cleef y su espectral aparición en El bueno, el feo y el malo. Desde este momento, Hans Landa (un recital de Christoph Waltz) se adueña de la película, y por ello es su mejor y su peor elemento: es tan bueno que cuando aparece no despegas la mirada, pero es tan bueno que hace que el conjunto (a excepción de Melanie Laurent, qué descubrimiento, y magnífica en el homenaje a Duelo al sol) se resienta cada vez que no aparece, especialmente con esos decepcionantes Bastardos que prometen más de lo que dan.




3 - Joseph Gordon Levitt baila enamorado. 500 days of Summer es una de las películas más disfrutables del año. Su protagonista Joseph Gordon Levitt está enamorado de Zooey Deschanel (como para no...). Zooey Deschanel no está enamorada de nuestro protagonista Joseph Gordon Levitt. Y en torno a ello se construye toda la historia, deparando momentos simplemente antológicos (la hermana del protagonista, Chloe Moretz, que interpretará a Hit Girl en Kick-Ass, es todo un descubrimiento), una relación que no es relación, entre dos personajes de los que te terminas enamorando, conectas con ellos y lo pasas bien cuando ellos lo pasan bien y te jodes cuando ellos están jodidos. Es lo que se llama una película bien construída. Eso sí, para verla hay que tener novi@ o haber estado enamorado alguna vez para entender ese cosquilleo que te entra al pensar en esa persona o la sensación de ir por la calle con la cabeza alta pensando en esa persona y con ganas de gritar "ESTOY ENAMORADO". 500 days of Summer habla de ello como pocas, y actualizando el mito de Cantando bajo la lluvia, pone a su protagonista a cantar y bailar en una mágica coreografía con toque muy cartoon en mitad de la calle mientras va hacia el trabajo para celebrar que por fin ha hecho el amor con ella. Realmente cuando estás enamorado y vas por la calle todo te parece maravilloso, parece que la gente te saluda y no puedes dejar de decirlo. Así es 500 days of Summer.
2 - El fin del sueño de los Wheeler. Si 500 days of Summer es la película más disfrutable del año, Revolutionary Road está en el otro extremo. Una película dura, intensa, terrible como pocas. Si Mendes ya revolucionó el cine dinamitando los cimientos de la sociedad norteamericana más clásica en esa obra maestra llamada American Beauty, aquí lo lleva un punto más allá aumentando la crudeza y el malditismo. Si bien el personaje de Spacey celebraba su mediocridad apartándose de todo y siendo libre de las ataduras, Frank Wheeler decide aceptar la mediocridad por dinero hundiendo así el sueño de su esposa. Cuando todo parecía que iba a mejor, cuando Mendes comienza a darles un respiro a todos los personajes y estos parecen ver la luz al final del túnel, todo sufre un giro de 180º. Como en American Beauty, como en Camino a la Perdición, como en la irregular Jarhead. Un embarazo, y una decisión cobarde por parte de Frank. Y tras unos preparativos realmente macabros (mientras April lleva el agua caliente se me vino inevitablemente a la cabeza el vaso de leche de Sospecha) llega la tragedia. Mendes saca a relucir una sensiblidad brutal y todo toma el tono de un poema desagradable y mortal, una pequeña panorámica de unos pies y un travelling out escalofriante. Y es que, si Revolutionary Road tiene mucho en común con su ópera prima al narrar las desventuras de una supuesta familia modélica, su final es calcado al de su epopeya gangsteril. Tom Hanks/Kate Winslet mira a través del cristal esa felicidad irreal que jamás podrá alcanzar, la paz en el horizonte. Y en el cristal se ve el reflejo de la muerte. Uno su némesis con el desfigurado rostro de Jude Law; la otra, la dura y apabullante realidad.






1 - Una vida en 4 minutos. Que Up es la mejor película del año es para mí un axioma (a pesar de los perros). Es innegable, el punto de madurez que han alcanzado los proyectos de Pixar la hacen a día de hoy ser la auténtica fábrica de sueños, esa que Hollywood cerró cuando empezó a venderse a las compañías de electrónica, televisión, y demás. Hay innumerables calificativos para Up, pero para ser directo, me quedaría con que es mágica. Apenas habían pasado 5 minutos de película y las lágrimas ya salían de mis ojos. Esos primeros cinco minutos contienen más cine que toda la carrera de muchos llamados maestros. La capacidad narrativa, la brillante economía del lenguaje, el portentoso uso de las elipsis... hay grandes momentos en esta cinta de animación, momentos de puro detalle con pequeños gestos, palabras, que la hacen ser la película de dibujos animados que John Ford habría firmado si siguiese vivo (hay detalles extraídos directamente de Las uvas de la ira, un referente poco infantil). Pero esos primeros 5 minutos son toda una lección de maestría cinematográfica. Una película sobre el inconformismo y la valentía, valores cada día más perdidos. Y un mensaje que a mí me hace falta aprender: los sueños, si luchas, se cumplen.
Y algunos que me dejo en el tintero:
- La muerte de Clint Eastwood en Gran Torino
- Los títulos de crédito a ritmo de Dylan de Watchmen
- La aparición del Dr. Manhattan en Watchmen
- El nuevo mundo ante los ojos de Coraline
- Dickens en la India: el niño ciego reconoce al protagonista en Slumdog Millionaire
- Melanie Laurent preparándose para la venganza a son de Bowie en Malditos Bastardos
- Malamadre aparece, como los grandes malvados del cine clásico, en Celda 211
- Januray Jones aparece en barco mientras suena Elenore, de The Turtles, en The Boat that Rocked
- La visita a Mike Tyson y Bradley Cooper con el tigre en Resacón en Las Vegas
- Distrito 9, a secas.
- Bill Murray se levanta como un zombie en Bienvenidos a Zombieland
- Jason Segel (love) y Paul Rudd tocan Tom Sawyer, de Rush, en la algo simplona Te quiero, tío
sábado, 6 de febrero de 2010
Top 5: Los peores momentos de 2009
Llevo un tiempo haciendo mis listas con los mejores del pasado 2009 (sí, ya en febrero de 2010, soy así de guay) y he pensado comezar esta lista de ránkings con los peores momentos del pasado año a nivel cinematográfico, escenas, guiones o momentos que sean simplemente de vergüenza ajena:
- 5: Bye bye, blackbird. Enemigos públicos ha sido la gran decepción del año 2009. Esperaba una película rabiosa, furiosa, con la vida que suele tener el cine del genio Michael Mann. Y como los genios, Michael Mann da o una de cal o una de arena. Y Enemigos Públicos no le salió bien. Fotografía bastante irregular (viniendo de Dante Spinotti, que marcó n antes y un después con Heat), un guión bastante simplón, actuaciones pobres y una dirección sosa impropia de Mann, en la que no entendemos ni la fascinación que despierta Dillinger en el espectador ni la que debería despertar su novia en él como para hacerle perder los papeles. Es irregular, con escenas de alto calibre (la aparición de Melvin Purvis es digna del mejor western) y otras bastante sosas (los tiroteos con menos garra de su dilatada carrera), pero que termina de la forma más horrenda y cursi posible, amén de innecesaria. Tras su muerte, el policía interpretado por Stephen Lang va a ver al personaje de Marion Cotillard y le dice las últimas palabras de Dillinger moribundo. Pasteleo innecesario y que bajan aún más el nivel de la cinta.
- 4: El polvo de Watchmen. La adaptación de la obra magna de Alan Moore llevada a cabo por Zack Snyder ha pasado sin pena ni gloria por las pantallas, pienso yo debido a la poca capacidad del público de enfrentarse a casi 3 horas sin acción. Pienso que, sin estar al nivel de la novela, era una adaptación más que notable, pero que cuenta con algunos momentos de pura sobrada visual, provenientes del gusto por la cámara lenta del bueno de Zack. Este es uno de ellos. Tras entender el por qué de su impotencia, la necesidad de ser un héroe (como una droga, maldita sea), Buho Nocturno lo celebra pegándose un revolcón (por fin) con Espectro de Seda en el suelo de Archie, su nave. El problema viene cuando Snyder quiere darle el toque irónico y utiliza el Hallellujah de Leonard Cohen. Ver el culo de Malin Akerman botando y esta canción de fondo le da a todo un toque excesivamente vergonzoso y kitsch.
- 3: El bizarro polvo alienígena de Avatar. En la epopeya épica y mesiánica (JÁ!) de Cameron todo es poco original. No hay nada que merezca la pena más allá de contemplar unos efectos visuales alucinantes. Y por ello es, junto a Enemigos Públicos, el gran bluff del año. No es sólo porque la historia no sea original, eso cada día importa menos en el cine, si no porque todo es demasiado anuncio de compresas. Los personajes son robots sin alma, y la relación entre Jake Sully y Neitiry llega a parecerse sospechosamente a la de Crepúsculo (somos de dos mundos diferentes, tu eres un chico diferente al resto y no te aceptan en mi mundo mágico de duentes con excesivo parecido a los indios...) y el tratamiento a lo Disney de toda la historia es realmente vergonzante. Esas miradas castas que tienen la misma tensión sexual que Hannah Montana, esas equivocaciones y roces inoportunos con la misma maldad que un concierto de los Jonas Brothers, para terminar en un polvo ridículo y supercoreografiado entre árboles con lucecitas, que parece llevarnos a Pocahontas, a El Rey León ("es la noche del amor...") y, sospechosamente (y de esto creo que fui el único que se sorprendió en todo el cine, porque lo grite en medio de la proyección), tras una elipsis pseudopoética, a Excálibur, la brillante adaptación del mito artúrico de Boorman, porque cuando ambos se levantan están exactamente en la misma postura y en un entorno clavado al mismo en el que el Rey Arturo pilla a Ginebra con Lancelot. Cameron, cursi y plagiador.
- 2: Por quedarme con una, la supuesta tensión sexual de la escena de la lluvia en Terminator Salvation. Esta película deberían ponerla en las escuelas de cine, es perfecta para aprender a hacer cine: nunca lo hagáis como aquí. Fallos de principiante en todos los aspectos, no se salva ni uno, desde los efectos especiales al guión, pasando por una dirección ridícula (¡PRESENTA A LOS PERSONAJES, PEDAZO DE INÚTIL!) que corona este despropósito de 200 millones de dólares. Probablemente, dentro de las expectaciones que podía generar, la mayor burrada de 2009 es para las aventuras del poco carismático John Connor. La escena a la que hago referencia es una que, en los días previos, fue vendida como una magnética pieza erótica. Cuando la ves cuesta no reírse. Nos plantamos con el protagonista, el cachas Sam Worthington, y la guapita de la peli, una tal Moon Bloodgood (vaya nombrecito, de padres hippies seguro), que tienen menos química que Arafat y Sharón, en una escena donde, de repente, y en un mundo postapocalíptico árido (dry as a nun's funny como dicen en Australia) comienza a llover (eso sí, el fuego no se apaga) y ella, sin venir a cuento, mientras el bueno de Sam comprueba los alrededores absorto en su mundo, empieza a ponerse tontorrona y, aún me pregunto por qué, se quita la camiseta y comienza a mirarle de forma lasciva en plan "estoy aquí, maromo, enterita pa ti" mientras el bueno del cyborg pasa de ella de forma bastante graciosa. Y yo me pregunto, como guionista amateur, ¿Por qué ella es la que mantiene una tensión sexual que debería ser entre dos personas? ¿Por qué no es él el que la mira a ella mientras la sorprende de espaldas quitándose la camiseta, en lugar de quedarse absotro mirando chasis de coches reventados? Y más importante, ¿Por qué ella se quita la camiseta y el sujetador en mitad de una lluvia de tres pares de cojones? Al final, obviamente, él termina mirándola, pero con más cara de "anda hija, vístete que vas a pillar una pulmonía" que de albañil en horario laboral.
http://www.youtube.com/watch?v=l6vFM7ExvpE
- 1: Bruno le hace una mamada al fantasma de uno de Milly Vanilly. Bruno es una película mala, hablemos a las claras, apenas contiene un par de puntos graciosos (de hecho, realmente graciosos), pero el resto de la película bordea constantemente el mal gusto y en determinados momentos lo alcanza. Escatología barata, humor zafio a más no poder, puntos que llegan a resultar ofensivos por lo evidentes y estúpidos que son, y que tienen su culmen aquí: en su ansia por ser famoso, Bruno va a ver a un medium y este le da la oportunidad de hablar con uno de Milly Vanilly, antiguo amante del reportero. El resultado, el mayor esperpento y la escena más simplemente vergonzosa que he visto este año. Si Baron Cohen quiere ser escatológico, como inglés que es, debería mirarse unas pocas veces Little Britain, le sacaría mucho más jugo a sus ideas. (Disculpad la calidad... aunque tampoco os perdéis mucho)
- 5: Bye bye, blackbird. Enemigos públicos ha sido la gran decepción del año 2009. Esperaba una película rabiosa, furiosa, con la vida que suele tener el cine del genio Michael Mann. Y como los genios, Michael Mann da o una de cal o una de arena. Y Enemigos Públicos no le salió bien. Fotografía bastante irregular (viniendo de Dante Spinotti, que marcó n antes y un después con Heat), un guión bastante simplón, actuaciones pobres y una dirección sosa impropia de Mann, en la que no entendemos ni la fascinación que despierta Dillinger en el espectador ni la que debería despertar su novia en él como para hacerle perder los papeles. Es irregular, con escenas de alto calibre (la aparición de Melvin Purvis es digna del mejor western) y otras bastante sosas (los tiroteos con menos garra de su dilatada carrera), pero que termina de la forma más horrenda y cursi posible, amén de innecesaria. Tras su muerte, el policía interpretado por Stephen Lang va a ver al personaje de Marion Cotillard y le dice las últimas palabras de Dillinger moribundo. Pasteleo innecesario y que bajan aún más el nivel de la cinta.
- 4: El polvo de Watchmen. La adaptación de la obra magna de Alan Moore llevada a cabo por Zack Snyder ha pasado sin pena ni gloria por las pantallas, pienso yo debido a la poca capacidad del público de enfrentarse a casi 3 horas sin acción. Pienso que, sin estar al nivel de la novela, era una adaptación más que notable, pero que cuenta con algunos momentos de pura sobrada visual, provenientes del gusto por la cámara lenta del bueno de Zack. Este es uno de ellos. Tras entender el por qué de su impotencia, la necesidad de ser un héroe (como una droga, maldita sea), Buho Nocturno lo celebra pegándose un revolcón (por fin) con Espectro de Seda en el suelo de Archie, su nave. El problema viene cuando Snyder quiere darle el toque irónico y utiliza el Hallellujah de Leonard Cohen. Ver el culo de Malin Akerman botando y esta canción de fondo le da a todo un toque excesivamente vergonzoso y kitsch.
- 3: El bizarro polvo alienígena de Avatar. En la epopeya épica y mesiánica (JÁ!) de Cameron todo es poco original. No hay nada que merezca la pena más allá de contemplar unos efectos visuales alucinantes. Y por ello es, junto a Enemigos Públicos, el gran bluff del año. No es sólo porque la historia no sea original, eso cada día importa menos en el cine, si no porque todo es demasiado anuncio de compresas. Los personajes son robots sin alma, y la relación entre Jake Sully y Neitiry llega a parecerse sospechosamente a la de Crepúsculo (somos de dos mundos diferentes, tu eres un chico diferente al resto y no te aceptan en mi mundo mágico de duentes con excesivo parecido a los indios...) y el tratamiento a lo Disney de toda la historia es realmente vergonzante. Esas miradas castas que tienen la misma tensión sexual que Hannah Montana, esas equivocaciones y roces inoportunos con la misma maldad que un concierto de los Jonas Brothers, para terminar en un polvo ridículo y supercoreografiado entre árboles con lucecitas, que parece llevarnos a Pocahontas, a El Rey León ("es la noche del amor...") y, sospechosamente (y de esto creo que fui el único que se sorprendió en todo el cine, porque lo grite en medio de la proyección), tras una elipsis pseudopoética, a Excálibur, la brillante adaptación del mito artúrico de Boorman, porque cuando ambos se levantan están exactamente en la misma postura y en un entorno clavado al mismo en el que el Rey Arturo pilla a Ginebra con Lancelot. Cameron, cursi y plagiador.
- 2: Por quedarme con una, la supuesta tensión sexual de la escena de la lluvia en Terminator Salvation. Esta película deberían ponerla en las escuelas de cine, es perfecta para aprender a hacer cine: nunca lo hagáis como aquí. Fallos de principiante en todos los aspectos, no se salva ni uno, desde los efectos especiales al guión, pasando por una dirección ridícula (¡PRESENTA A LOS PERSONAJES, PEDAZO DE INÚTIL!) que corona este despropósito de 200 millones de dólares. Probablemente, dentro de las expectaciones que podía generar, la mayor burrada de 2009 es para las aventuras del poco carismático John Connor. La escena a la que hago referencia es una que, en los días previos, fue vendida como una magnética pieza erótica. Cuando la ves cuesta no reírse. Nos plantamos con el protagonista, el cachas Sam Worthington, y la guapita de la peli, una tal Moon Bloodgood (vaya nombrecito, de padres hippies seguro), que tienen menos química que Arafat y Sharón, en una escena donde, de repente, y en un mundo postapocalíptico árido (dry as a nun's funny como dicen en Australia) comienza a llover (eso sí, el fuego no se apaga) y ella, sin venir a cuento, mientras el bueno de Sam comprueba los alrededores absorto en su mundo, empieza a ponerse tontorrona y, aún me pregunto por qué, se quita la camiseta y comienza a mirarle de forma lasciva en plan "estoy aquí, maromo, enterita pa ti" mientras el bueno del cyborg pasa de ella de forma bastante graciosa. Y yo me pregunto, como guionista amateur, ¿Por qué ella es la que mantiene una tensión sexual que debería ser entre dos personas? ¿Por qué no es él el que la mira a ella mientras la sorprende de espaldas quitándose la camiseta, en lugar de quedarse absotro mirando chasis de coches reventados? Y más importante, ¿Por qué ella se quita la camiseta y el sujetador en mitad de una lluvia de tres pares de cojones? Al final, obviamente, él termina mirándola, pero con más cara de "anda hija, vístete que vas a pillar una pulmonía" que de albañil en horario laboral.
http://www.youtube.com/watch?v=l6vFM7ExvpE
- 1: Bruno le hace una mamada al fantasma de uno de Milly Vanilly. Bruno es una película mala, hablemos a las claras, apenas contiene un par de puntos graciosos (de hecho, realmente graciosos), pero el resto de la película bordea constantemente el mal gusto y en determinados momentos lo alcanza. Escatología barata, humor zafio a más no poder, puntos que llegan a resultar ofensivos por lo evidentes y estúpidos que son, y que tienen su culmen aquí: en su ansia por ser famoso, Bruno va a ver a un medium y este le da la oportunidad de hablar con uno de Milly Vanilly, antiguo amante del reportero. El resultado, el mayor esperpento y la escena más simplemente vergonzosa que he visto este año. Si Baron Cohen quiere ser escatológico, como inglés que es, debería mirarse unas pocas veces Little Britain, le sacaría mucho más jugo a sus ideas. (Disculpad la calidad... aunque tampoco os perdéis mucho)
domingo, 31 de enero de 2010
El hombre murciélado: Parte II

Cuando hace tres años aproximadamente se estrenó en los cines Batman Begins, parecía que el único superhéroe que a servidor le ha interesado nunca retomaba la senda del buen camino. Parecía una película nueva, sin conexiones algunas con las anteriores entregas del mítico personaje de Bob Kane, y, si bien es cierto que no estaba, bajo mi particular punto de vista, a la altura de las dos grandísimas y estéticas cintas de Tim Burton, Batman y la muy infravalorada Batman vuelve, si que conseguían que el personaje remontase el vuelo. Despojando al superhéroe más humano, y ,por tanto, más interesante, por excelencia, de todo amaneramiento, estética colorida y pezones de proporciones estratosféricas que le colocó el terrible Joel Schumacher en su intento de retornar al Batman pop de Adam West, Nolan, interesante creador de atmósferas (aún me pregunto por qué no esperaron a que tuviera la agenda libre para que dirigiese La carretera) aunque algo irregular en el remate de sus películas, supo colocar la cinta en una posición más convencional a nivel visual sin por ello perder ni un ápice de su fuerza dramática y estética para centrarse más en el personaje principal, su nacimiento y su creación iconográfica, aunque bien es cierto que todo fallaba cuando, irónicamente, aparecía Batman en escena. Importaba más las secuencias de Bruce Wayne, su viaje interior en Asia y su lucha personal contra sus demonios internos que la pugna contra el crimen y contra, por qué no decirlo, unos enemigos realmente pobres, desde mafiosos a un Espantapájaros sin la suficiente enjundia para plantar cara a todo un Batman magistralmente interpretado por Christian Bale, amén de la aparición estelar de Liam Neeson como Ra´s Al Ghul, con quien la obra habría ganado más poderío en el aspecto oscuro, siendo deslucido por ello el resultado final. También servía para marcar la que sería la gran obsesión de Nolan para con el nuevo Batman, el motor de esta nueva saga: cada uno es el cúmulo de actos que realiza, lo que hacemos es lo que nos forma y lo que nos lleva a ser lo que somos y que mueve todo lo que nos rodea, especialmente en alguien tan importante e influyente como Bruce Wayne, un playboy con un álter ego que le impide llevar una vida normal. El caballero oscuro corrige y mejora todas las prestaciones de Batman Begins, siguiendo la línea sobria de su antecesora, alejándola de cualquier teatralidad o exageración en la puesta en escena como si tuvieron sus cuatro antecesoras, no hay rastro alguno de cómic, no nos encontramos con una película en la que las viñetas tengan presencia alguna, puesto que no estamos ante un superhéroe de un código ético y moral marcado por el puritanismo y la ley del haz lo correcto, si no que nos adentramos en la máscara y la armadura y se estudia el alma del que lleva el símbolo del murciélago, y, al igual que este, se estudia a su némesis, a su archienemigo, arreglando así la gran tara de su predecesora con la aparición de un villano carismático que, gracias a la magna interpretación de Ledger, se convierte en uno de los grandes malvados de la historia del cine y se pone de igual a igual ante el hombre murciélago, que aquí pasa más tiempo intentando encontrarse a sí mismo y a los que le rodean y conocer el mundo en el que habita y cómo funciona este, que luchando contra el mal. Es por tanto que hallamos virtudes y aciertos donde otros, como Sam Raimi, fallaron estrepitosamente, gracias a la valentía de un Nolan que puede jubilarse al haber alcanzado ya su tope, su obra culmen, triunfando al ser un perfecto estudio de personajes más allá de estar regidos por el mero azar y hacer lo que, según las convenciones sociales, están obligados a hacer, un justiciero enmascarado que duda y teme aquello que hace, que busca entender el porqué de sus acciones y que está más cerca de los Dix Handley, Harry Callahan, Michael Corleone, Dave Bannion, Tom Stall o Vincent Hannah que los Spiderman, Superman o Hulk de tres al cuarto, superhéroes de poca monta hechos única y exclusivamente para sacar el muñequito o el videojuego de turno, colocando la propuesta de Nolan más cercana al cine de Fincher, Fritz Lang, John Huston, Michael Mann, el David Cronenberg post-Spider, Coppola o Clint Eastwood que al clásico trabajo palomitero y vacío del cine de superhéroes, doctorando al joven realizador inglés como uno de los grandes del cine contemporáneo y quien sabe si histórico, aunque todo eso lo dirá el tiempo.

La elección de Nolan y David S. Goyer de desviar el tono de la cinta del cómic puramente mainstream para acercarla a géneros más clásicos como el negro, el policíaco o el thriller es, lejos de cualquier duda, la gran novedad y acierto y lo que la separa, desde el mismo punto de partida, de cualquiera de sus competidoras aparentemente genéricas. Dentro del tono profundo y serio que adquiere toda la cinta, la perfecta conjunción de fondo y forma dentro de la historia basándose en el portentoso guión, el cual tiene apenas un par de fallos de escasa importancia, permiten crear una visión madura de un personaje que tiempo atrás dejó la lucha sin razón y que busca una identidad más allá del personaje, anteponiendo a la persona, y que terminan proporcionando un dramatismo visceral en la línea de cualquier tragedia griega, pues el realizador no se acobarda nunca y realiza una película de Nolan más que una adaptación de cómic, imponiendo su estilo al del estudio, y dejando al personaje en el lugar más alto posible. Es perfectamente reconocible en la escritura, siendo un libreto del gusto del director británico. Ese constante juego de giros de guión, esas trampas al espectador, la construcción milimétrica convirtiéndolo casi en una ecuación matemática, la impresionante capacidad de estirar una y otra vez el invento sin que pierda fluidez ni fuerza, rizando el rizo hasta cotas inesperadas, y ese regusto por el thriller y el film noire más clásico de personajes perturbados cuya situación en la estrecha línea que separa correcto de incorrecto es bastante difusa, y, a diferencia de la reciente y fallida El truco final, aquí Nolan acierta en todos y cada uno de esos brutales cambios totalmente radicales, y, lo que es mejor aún, no falla en el final, siendo perfecto y consecuente con todo lo que nos ha ido mostrando anteriormente y engarzando de manera prodigiosa con su discurso acerca de la dualidad del hombre. Más allá de calcar la estructura de la primera entrega, algo que habría sido bastante probable en manos de otro, aquí se decide por iniciar la historia de la mejor manea posible, presentando al villano a las primeras de cambio y sin previo aviso, y dejando claro lo que va a ser todo lo que se avecina por delante: guerra sin cuartel y sin respiro a Batman y al espectador. Es el Joker quien reina con su psicótica forma de ser, con su anárquica concepción de la vida y con su gusto por el sadismo y la violencia de cualquier forma, disfrutando incluso cuando la recibe. Un villano de una profundidad psicológica que escasamente se ve en una pantalla grande, alejado del histriónico y bufonesco, aunque también genial, Joker burtoniano de Nicholson, y que vuelve a reiterar la diferencia entre ambos films: mientras allí había pomposidad y un aire un tanto superficial en el tratamiento de la historia, de una visión más cercana al cómic, aquí nos hayamos ante personajes nada amables, sin sentido del humor, irónicamente siendo un payaso el coprotagonista, y donde lo que pesa es el carácter humanista del guión. Porque el otro gran acierto es los escritores es la perfecta tela de araña que han logrado conformar para que los personajes secundarios entren en la trama sin estar fuera de ella ningún momento, desde Rachel (gracias por hacer un personaje digno, Maggie Gyllenhaall, después de Lady Cruise era necesario) a Jim Gordon (grandísimo Gary Oldman), pero donde destaca sobremanera el soberbio Harvey Dent que interpreta un sorprendente Aaron Eckhart, cuya introducción en la historia parecía sospechosa y difícil de justificar pero que, finalmente, origina dos triángulos melodramáticos sobre los que gira la trama: Joker-Batman-Dos Caras y Dent-Bruce Wayne-Rachel, siendo quizás el aporte necesario para ahondar más aún en la personalidad del multimillonario protagonista y su mezcla de envidia y admiración hacia el fiscal, que representa todo aquello que antoja, la defensa de lo correcto desde la legalidad y el respeto y el amor que Batman nunca consigue de la gente, y que, con la aparición de Dos Caras, muestra lo que podría llegar a ser, un defensor de la ley al que se le va de las manos su labor, creando otro nexo de unión entre el superhéroe y un nuevo personaje, muestra del juego simultáneo que todos tenemos dentro de nosotros entre bien y mal, algo que le colocaba a él en medio del pérfido Joker, la maldad personificada más allá de cualquier raciocinio, y del bueno de Harvey, quizás la bondad utópica del idealista que comprueba cómo no se puede vencer al mal sin tener dentro una pizca de maldad. Este punto es el más interesante, Wayne excede cualquier límite dentro de lo legal y su tarea es cuestionada no solo por la gente que comienza a verle como un peligro a raíz de las amenazas del Joker, si no de si mismo, y aquel joven Wayne que aparecía al comienzo de Batman Begins es aquí alguien que ha asumido que su papel no es el de héroe correcto, si no el de escudo de la sociedad contra los males, vengan de donde vengan y que empieza a vislumbrar que las decisiones que se toman en el pasado tienen su reacción en el presente y que es imposible cambiarlas.

A pesar de que pueda parecer una cinta algo grandilocuente, El caballero oscuro nunca es pretenciosa en su intento algo filosófico de concebir y, a la vez, desmontar al héroe alejado de cualquier tópico. El protagonista ve cómo su idea de defender el bien ante el mal surge del mismo modo que el Joker actúa: el odio. La muerte de sus padres y la inseguridad que sentía en Gotham le hicieron querer ser lo que es hoy en día, y todo lo que ello ha hecho en su vida. El punto de inflexión entre elegir vida o héroe está decidido, y Wayne arroja por la borda su vida, cayendo hasta el abismo más profundo en la soledad del antihéroe. Y es que la sombra del Joker es demasiado alargada, y su influencia en el millonario joven no se hará esperar. Ledger alcanza una locura realista, exasperada, un personaje que, como él mismo dice, es un perro rabioso, la enajenación hecha persona, el descontrol, el caos, y cabe preguntarse si el actor australiano no llevó el personaje demasiado lejos y lo convirtió en parte de si mismo y, por desgracia, ello le llevó a lo que le llevó, aunque bien es cierto que su frenética creación le ha llevado a la inmortalidad cinematográfica, más incluso que a Nolan o a Bale. Su inquietante papel ensombrece toda la película, pero no hace enmudecer en momento alguno, tal y como se ha dicho, a un gran Christian Bale, quien compone un Batman para los restos, pero él es el artífice de la mejoría de la cinta con respecto a la algo sosa primera entrega, y es que los maquiavélicos planes del bufón son el alma del guión y lo que, a la postre, otorgan esa construcción casi científica de todo el engranaje, aunque, de manera contradictoria, el Joker sea el caos y haga planes planeados a cada paso cuando, irónicamente, él mismo dice que actúa sin más, y odia a los que planifican algo. Quizás es uno de los escasos y poco importantes errores del guión, sepultado ante el aluvión de emociones que se desatan en la última media hora, recordando a cintas del calibre de El Padrino o Érase una vez en América, siendo el resultado final sencillamente portentoso, alejado de la frialdad que suelen tener este tipo de cintas tan grandes y alejadas de cualquier improvisación. Da la sensación de que el guión de El caballero oscuro, dentro de unos años se estudiará en las escuelas al igual que hoy se hace con el de El Padrino, Lawrence de Arabia, Ciudadano Kane, Network o Casablanca, pues Nolan y su hermano Jonathan consiguen algo sencillamente inaudito por la perfección con la que bordan cada secuencia, los diálogos llenos de profundidad y la constante sensación de que cada palabra que se dice, cada fotograma que vemos, y cada paso que cada un personaje ha sido estudiado por un grupo de puristas. Al igual que en la primera parte, la obra culmina con una gran secuencia donde se muestra el comportamiento de la masa ante algo inesperado, ese miedo que se extiende como la pólvora cuando algo no sale como se espera, y ese algo es el personaje de Ledger. El trae el caos a una metrópoli, una sola persona, como si del aleteo de una mariposa se tratase, es capaz de cambiar el rumbo de las vidas de varios millones de personas, de ahí que durante toda la cinta no dejen de llamarle terrorista continuamente, que con su macabro juego lleva a todos, Batman incluido, al borde del caos, logrando su propósito, el del estado de sitio y casi casi la ley marcial. Es quizás el momento en que la épica ha alcanzado su cénit, todo el castillo de naipes ha llevado a este punto, el momento exacto que quería Nolan, aquel donde coloca frente a frente las dos visiones del mundo, la evolución natural de la cinta, nacida de Begins, cuando lo que surgió más o menos como la excentricidad de un tío con mucho dinero y lleno de odio adquiere al final su sentido y la comprensión por parte de este de todo lo que ha hecho y debe hacer al ver la corrupción que ha provocado su antagonista en su lucha contra este y Dos Caras, el perfecto caballero de la justicia convertido en un monigote originado por un demente con pinturas de guerra. La catarsis definitiva de Bruce Wayne más allá de Batman, la asunción de responsabilidades que le pide el pueblo, y la huida del mártir en su eterna y desagradecida lucha de aquellos que no entienden su tarea, el vagar por el camino oscuro para que todo continúe como hasta ahora, donde las personas normales sean quienes refloten Gotham más allá de la actuación de una persona anónima al margen de la ley cuyas actuaciones pueden ser malinterpretadas, como le sucede con la mujer de Gordon o cuando el populacho le recrimina la aparición del Joker cuando antes le tenían como el guardián de la ciudad y de los buenos modos de manera netamente altruista en pos de, quizás, una nueva identidad que soslaye de una vez por todas a Batman y que le permita ser persona antes que monstruo, tener una vida más allá de ser un freak que planea en la noche en busca de otro freak, y no tener que lamentar más pérdidas que se han originado por una decisión tomada desde el corazón sin consultarlo con la cabeza, aunque para si mismo sabe que su camino, como el del samurái, está marcado y es el de estar solo siempre, tal y como decidió cuando se le dio la oportunidad de cambiar.
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jueves, 28 de enero de 2010
I'll take you home again, Maureen
Llevo un tiempo intentando escribir un artículo sobre los bailes en el cine de John Ford y su capital importancia dentro de la estructura de sus filmes (colocados de cualquier forma menos al azar, Ford era borracho pero más listo que su puta madre). Todo esto viene a raíz del trabajo que tuve que hacer el año pasado para Charles Columbus (Carlos Colón), analizando el folclore en la música dentro del cine de John Ford (si alguien quiere leerlo se lo mando, si no tienes ganas de leer puedes mirar las fotos, que tiene muchas). Y hay una escena que me mantiene hipnotizado cada vez que la veo, y me viene desde niño. Como ese artículo puede llevar un tiempo, me quedo con dicha escena, que no es de baile, pero casi. Ford tenía puntazos antinarrativos en mitad de las películas donde los personajes, irlandeses todos ellos (ya fueran indios, americanos o galeses) irrumpen a cantar en una armonía celestial. Momentos simplemente acojonantes que a uno le tocan la fibra. Y este es de Río Grande. Y en Río Grande aparece Maureen O'Hara. Y yo de pequeño estaba enamorado de Maureen O'Hara, una irlandesa de pelo rojizo como ninguna otra que aquí interpretaba a una mujer que tiene a sus dos hombres en el ejército: marido e hijo. Y Ford utiliza la música para contarnos su posición (pero de forma sutil, no a lo Amenábar). La película tiene un leitmotiv usado instrumentalmente, I'll take you home again, Kathleen,canción típica del folclore americano (incluso Elvis la versionó), y además, en mitad de una cena, irrumpen una serie de músicos del ejército para agasajar con una canción a la invitada (no recuerdo ahora mismo cuál es, lo siento). El tiempo se para y la música suena. Todos estamos embelesados ante la poesía de Ford. Y ante Maureen O'Hara.
Y aquí dejo I'll take you home again, Kathleen, interpretada por Ken Curtis & The sons of the pioneers, el grupo del yerno del bueno de Sean Feeney.
Ford volvería a utilizar esta canción en una de sus grandes obras, El hombre tranquilo, con la misma protagonista, Maureen O'Hara, en ese mágico lugar llamado Innisfree.
Y aquí dejo I'll take you home again, Kathleen, interpretada por Ken Curtis & The sons of the pioneers, el grupo del yerno del bueno de Sean Feeney.
Ford volvería a utilizar esta canción en una de sus grandes obras, El hombre tranquilo, con la misma protagonista, Maureen O'Hara, en ese mágico lugar llamado Innisfree.
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miércoles, 27 de enero de 2010
Matrix Reloaded: Filosofía, religión, y cuero de saldo

Que conste que a mí el fenómeno Matrix no me pilló en primera instancia, lo único que recuerdo de su estreno en cines aquí en España era que antes ponían el tráiler definitivo de La amenaza fantasma, la película de mis anhelos y por la que suspiraba que acabase el verano para poder verla en septiembre. De hecho, para mí Matrix fue la película que hacía el tío de Speed, una cutre peliculilla de verano para pasar el rato, y la verdad yo en esa época no era demasiado asiduo al cine salvo contadas ocasiones, y puedo decir que hasta que no pasaron unos años ni me molesté en verla, pero quizás cuando puse mis ojos sobre la revolucionaria obra de los Wachowski sentí que algo había irrumpido en el cine, y con motivo. La primera entrega de la saga lo tenía todo, desde una filosofía algo barata pero que encajaba como un guante dentro de una obra que para muchos era eminentemente estética (por no decir guay por sus efectos especiales) hasta una dirección cuidada que casaba estupendamente con el tan manido, y a la postre sobrevalorado por el propio espectador, fondo ideológico, mezcolanza de doctrinas teológicas judeocristianas, filosofía de primero de bachillerato, cyberpunk, cómic y anime, y un fetichismo sexual por el cuero a la altura de cualquier película porno del género sadomasoquista, acrecentado después con las siguientes películas, en las que el látex cobraba un protagonismo inusitado en cualquier película de género comercial. Era un cóctel simplemente perfecto que mezclaba en las partes justas el discurso con la forma y que nunca sacaba los pies del tiesto. Es más sencillo contemplar ahora el impacto que produjo, simplificar sus ideas y analizar errores de la película, y aún así resulta bastante difícil encontrárselos a una película que, si bien a la postre ha resultado decepcionante en sus continuaciones y convertida en un mero vehículo de efectos especiales de resultona estética, si supuso un cisma dentro del cine comercial americano y la situó como obra heredera de una obra cumbre como Blade Runner. Por todo este cúmulo de expectaciones, Matrix Reloaded fracasó, por la, a la postre, presunta trilogía que nos querían vender desde un comienzo, y que no resultó más que un aprovechamiento de una brillante y rentable primera parte que, por la falta de planificación, o más bien agotamiento de ideas, y la redundante exposición de temas, no lograron tener continuidad en dos secuelas vacías con un revestimiento visual acorde con los diálogos que pretendían cubrir esas carencias: barroquismo manierista, filosofía de chiringuito y un acabado visual que, de tan brillante que era, resultaba aburrido.

Matrix, en su concepto original, fue tan absolutamente revolucionario que ya no quedaba absolutamente nada por contar. Es por ello que nos enfrentamos al gran problema de las secuelas: una segunda parte que tiene que servir como nexo entre la primera y la tercera parte. La brillante complejización que llevaron a cabo los hermanos Wachowski del Spielberg de los filósofos, Platón, y de su mito de la caverna, fue algo que se les acabó yendo de las manos, y que hizo de Reloaded una película redundante, donde los personajes hablan continuamente de sus objetivos dentro y fuera de Matrix, y a la que le falta eso mismo, un objetivo que sirva de hilo conductor, y que tan bien explicado estaba en la primera entrega, más simple de lo que muchos creen. La liberación de la mente de Neo y su conversión en el Elegido lograban crear una apabullante historia para la obra inicial. Ahora llega el momento en el que Neo debe comprender qué es y por qué hace las cosas, por qué se le ha dado ese poder y qué hacer con él, trama que finalmente carece de interés por su liviano desarrollo, puesto que no vemos más que escenas donde la verborrea destaca por encima de cualquier cosa para, al finalizar dicha escena, nos demos cuenta de que aquello de lo que han hablado no era más que puro virtuosismo lingüistico para encandilar a un espectador que, probablemente, no superaría los 18 años el día de su estreno, y así envolver algo tan simple como la acción-reacción en una especie de diatriba catártica que mueve el mundo cibernético donde todos los personajes saben qué van a hacer los demás, pero nunca saben qué quieren, o deben hacer ellos, y, para, en definitiva, conducir la película a otra secuencia de acción de varios minutos donde la cámara lenta y las coreografías interminables y aburridas se encargan de dilatar el tiempo justo hasta rellenar 120 minutos de acción y charlatanería regidos por la pura arbitrariedad. Pragmatismo, funcionalidad. Son dos palabras que no aparecen en el diccionario de los hermanos (¿o debería decir hermano y hermana?) Wachowski, porque es lo que le falta a Matrix Reloaded, es su mayor carencia, saber qué contar y por qué contarlo. Y es que, donde en la primera parte había diálogos que hacían avanzar la trama y ayudarnos a entender el enredo que habían urdido los hermanos, aquí sirven únicamente para detener la narración y desnudar la falta de clarividencia de los guionistas. La pretendida madurez de Neo únicamente se atisba en sus interminables charlas con el Oráculo, personaje de vital importancia pero cuya funcionalidad en esta segunda entrega aún intento descubrir, y cuya aparición es interrumpida, obviamente, por una escena de acción tan grande e impresionante como incomprensible y ridícula.

Recuerdo que en su momento, esta segunda entrega se nos vendió como la historia más grande jamás contada, una película que había costado una burrada de millones para construir una enorme carretera para una secuencia aparatosa, espectacular y soporífera, con unos efectos especiales que necesitaban sorprender a unos espectadores que aún babeaban con el preciadísimo y copiadísimo bullet time, y con un diseño de producción que poco tenía que envidiar a las de cualquier gran superproducción americana de los años 50 y 60. Era, quizás, la obra definitiva de la ciencia ficción, Matrix Reloaded alcanzaría el cielo cinematográfico y nos prepararía el camino para esa explosión que iba a ser Revolutions, y que al final fue incluso peor, más simplificada, y casi sin esa verborrea que abotarga la mente en esta segunda parte. Reloaded era el todo por el todo, una obra que marcaría un antes y un después, y la grandiosidad de su épica se fue a pique. No hay nada comedido en esta obra, había dinero y no sabían en qué gastarlo, y lo utilizaron en recrear hasta el último rincón de ese universo protocomunista que era Sión, una ciudad mesiánica donde únicamente quedan los guapos, los musculosos y los más bellos, esos que son capaces de ponerse a bailar sin venir a cuento tras un discurso del ahora increíblemente orondo Morfeo, rozarse y meterse mano mientras Neo y Trinity se revuelcan en su lecho, olvidándose de que, quizás, en menos de un día, las máquinas les destruyan. ¿Qué importa? Todo el dinero fue a parar al aspecto visual y no se preocuparon de contratar un guionista que pusiera un poco de orden entre tanta filosofía de saldo y tanta secuencia de acción, alguien que supiera encauzar esa orgía visual que tenían en su mente los Wachowski. La obra original hablaba de la capacidad de decidir del hombre, de la necesidad de afrontar el destino, de luchar contra el propio dios, hablaba sobre el don del hombre de sentir, el fatalismo del hombre como creador de su verdugo y su propia relación de interdependencia con este, recordaba por temática a otros clásicos como La invasión de los ladrones de cuerpos, a Blade Runner, Metrópolis o El planeta de los simios, y tenía personajes soberbios y bien construidos, y aquí tenemos un Neo sosainas que acaba perdido entre el desparrame de ideas sobre la condición humana, un enemigo tan brillante en la primera parte como Sith es aquí un antagonista caricaturesco que sólo salva la interpretación de un carismático Hugo Weaving, una Trinity un tanto perdida que sólo pega patadas, y un Morfeo que pasa de todopoderoso profeta a pusilánime samurái con sobrepeso. Los Wachowski no se respetaron a sí mismos ni a su obra, no entendieron que su primera película era inmejorable, quisieron proseguir lo planteado en su primera película, una obra capital el cine moderno, y les pudo la opción de explotar la gallina de los huevos de oro para convertirla en una oda a la cámara lenta y a la espectacularidad mal entendida que termina siendo un continuo despropósito que, eso sí, consiguió que todos tuviéramos algo de Matrix en nuestras casas tras un intenso trabajo de marketing.
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martes, 26 de enero de 2010
El sexo de los aliens: Lo que Cameron no quiso que viésemos
Avatar es para muchos una gran película. Para mí, un entretenimiento que no vale ni de coña 10 euros. No tiene un gran guión, pero es divertida. Pero hay algo que me escamó soberanamente: la escena de sexo más bizarra de la historia del cine, o al menos que yo recuerde (si no contamos Braindead). Con el estilo Disney que tiene toda la peli, donde no se sangra y no hay más que castos besos a lo Crepúsculo, con una cursilería que te hace poner cara de WTF!, a la hora del sexo, cuando todo toma un cariz excesivamente freak, Cameron quería evitarlo todo mediante una sutil y pseudopoética elipsis. Pero por fin tenemos el polvo de Jake Sully y Neitiry. No ando especialmente animado en los últimos días, pero este vídeo me ha hecho gracia.
I wanna feel your ponytail deep inside me!
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