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sábado, 22 de septiembre de 2012

Esperanza y Gloria: Amarcord


Hay un cliché en el diccionario cinéfilo que se utiliza cuando uno no sabe en qué categoría encuadrar a ciertos directores. Lo más fácil es echar mano del término inclasificable y quizás no darle más vueltas al tema. Porque es obvio meter a Raoul Walsh o Howard Hawks en el terreno de los cineastas clásicos, narradores potentísimos alejados de cualquier pretensión, del mismo modo que no se corre el riesgo de equivocarse al colocar a Rossellini o Nicholas Ray como cineastas modernos y transgresores, renovadores del cine a pesar de parecerse el uno al otro lo que un huevo a una castaña: ambos estrenaron con apenas un año de diferencia dos películas capitales en la forma de relacionar al director y al espectador con la película: Te querré siempre, en 1954, y Rebelde sin causa en 1955. No es tampoco demasiado arduo ubicar a a Ken Loach o a Ermanno Olmi como cineastas con un gran compromiso social, aunque el primero caiga demasiadas veces en el maniqueísmo. Y no cometemos locura alguna al hablar de Tarantino como el gran (y vacío) referente de la posmodernidad, del cine hecho a trozos de otras películas, extraído de la memoria cinéfila y no personal del creador, utilizando formas ya utilizadas pero que adquieren una nueva dimensión vistas a través de los ojos del nuevo cineasta. Lo complicado viene a la hora de etiquetar a gente como Kubrick, los Coen. Cineastas que nunca han parado por modas, que han ido casi siempre por libre, se han enfrentado a casi todos los géneros habidos y por haber y han salido triunfadores en la gran mayoría de sus envites, renovando incluso en muchos casos las propias bases sobre las que se asentaban los géneros que habían decidido a atacar. John Boorman es uno de esos cineastas a los que cuesta ceñir a un estilo, un hombre que ha nacido para llevar el calificativo de inclasificable por toda la extensión de su larga obra, un hombre que se ha enfrentado a multitud de retos audiovisuales y que, aún con una tremenda irregularidad en el global de su carrera, nunca ha dejado indiferente a nadie. Y es que, quizás, habría que hablar de él como del hombre cuyo estilo era el no tener un estilo, sino ser cambiante (no en un modo despectivo) y poder elegir de qué forma encarar una nueva producción.

Con un comienzo espectacular con la potentísima (aunque irregular) Point Blank, deconstrucción del cine de género en la que reducía el guión al mínimo y se atrevía a mezclar secuencias de claras influencias del cine más agresivo de Europa con otras de un ascetismo visual absorbidas de las propuestas más tradicionales del género en América, Boorman ha ido saltando sin detenerse buscando nuevas formas de contar historias: el brutal choque cultural en la desasosegante Deliverance, que entronca con otras películas de fondo parecido como Infierno en el pacífico o La selva esmeralda; la épica psicodélica, excesiva y desmitificadora de Excálibur, donde el cineasta daba rienda suelta a todo su torrente visual, pasando por las muy mediocres Zardoz o El Exorcista II; y, cuando su carrera estaba en su punto más bajo tras enlazar un par de películas de escasa entidad, sorprendió marcándose uno de los mejores thrillers dramáticos de los años 90 con la soberbia El General, donde se contaba la vida y obra, en clave casi cómica en ciertos puntos, del legendario ladrón irlandés Martin Cahill, quien no solo se enfrentó a la policía, sino que osó combatir al IRA (pero que no se me malinterprete: no por su justicia antiviolencia, sino por el control del crimen en Irlanda). Y, como director inclasificable que es, quizás la rareza dentro de su filmografía sea una de las películas más sencillas en apariencia: Esperanza y Gloria, basada en las memorias del propio realizador inglés durante su infancia a través de la Segunda Guerra Mundial. Y, como casi todas sus películas, marcada casi inevitablemente por la irregularidad, porque nos encontramos con una película llena de momentos admirables, pero también con otros fragmentos ciertamente poco llamativos y a los que, quizás, les faltaba un punto de maduración en el guión. 


Y es que al hablar de Esperanza y Gloria hay que hacerlo desde dos perspectivas bien diferentes, tal y como se divide la película: enfrentándonos a escenas de costumbrismo, con las actividades de los adultos, quizás la parte menos interesante (aunque no deja de ser necesaria), y aquellas en las que el joven Billy, Alter Ego de Boorman, nos muestra su visión de la guerra como un patio de recreo, con el disfrute de los pequeños detalles aunque también hay que puntualizar que el relato está basado enteramente en el punto de vista de nuestro joven protagonista. ¿Por qué? Porque desde la situación más inocente (quizás el escuchar a una pareja mantener relaciones sexuales entre los escombros y que el hombre grite FUUUUCK!) a la más dramática (la muerte de la madre de la joven Pauline, que luego simbolizará brevemente el despertar sexual del joven Billy) están intrínsecamente relacionadas, dependiendo única y exclusivamente del mundo casi fantasioso que se ha ideado el pequeño personaje y su grupo de pequeños gamberretes que campan a sus anchas por las desoladas calles del suburbio donde vive la familia. Por ejemplo, en la mencionada muerte de la madre de la chica, mientras los adultos intentan consolarla, los niños se acercan a ella y le preguntan si su madre ha muerto para poder echarle en cara a los amigos que no les creen al grito de “¿Lo ves?”. Y es que la película se desliza suavemente de un mundo al otro, con dureza y ternura, intentando introducirnos en la complejidad de la guerra sin olvidar que, en definitiva, estamos presenciando casi una comedia. Un poco lo que intentó, con escasa fortuna, Roberto Benigni en La vida es bella.  Por suerte, el realizador de El sastre de Panamá está más afortunado y es infinitamente más sutil que el italiano.

Porque no había otra forma de acercarse a una historia así, donde se toma la guerra casi como un hecho mágico, que la sutileza. Por ejemplo, en una de las escenas más bellas de toda la cinta, la cámara recorre las casas destrozadas en un travelling lateral, mostrando en primer plano cómo los adultos intentan buscar cosas entre los escombros, sus enseres personales y cosas aún utilizables, mientras al fondo del plano, recortados en silueta por el horizonte, un grupo de los amigos de Billy recorren los escombros buscando (y  festejando al encontrarlo) su preciado botín de guerra: la metralla, algo así como los cromos de fútbol para los niños, que compiten entre ellos a ver quién tiene más y mejor. Ese contraste es constantemente el que batalla en la cinta, el intento de adentrarnos en un mundo mágico, de aventuras y donde cada hecho es sorprendentemente espectacular, con un intento costumbrista cercano al que nos ha mostrado, aunque con más acierto, Terence Davies en películas como Voces distantes.



Porque los adultos de Esperanza y Gloria sirven como contrapunto, como motor para los niños (sobre todo la enseñanza del padre con el cricket, que posteriormente retomará con el abuelo cascarrabias) pero, cuando han de servir para que la acción gire en torno a ellos las cosas no terminan por ser todo lo consistentes que deberían: la relación entre los padres de la familia, con una Sarah Miles que no está todo lo bien a los que nos tiene acostumbrados, queda algo desdibujada, demasiado cómica; y la relación de la propia madre con Mac, el mejor amigo de la familia, no va a más, quizás por el miedo de Boorman a ser demasiado oscuro y desesperanzador. No se intuye ni un atisbo de que eso pueda ir a más, y termina siendo una subtrama redundante y poco profunda, aunque nos depare momentos magníficos como la vuelta de la playa en el tren donde el joven protagonista contempla a su madre y al viejo Mac hablar del desamor y las cosas perdidas, y ahí se comprueba lo que digo: Boorman parece temer que el melodrama se dispare, y coloca un gag en forma de señor dormido al lado del pequeño Billy, que se derrumba sobre él. Sí es más exitosa la de la hermana mayor de Billy, enamorada de un soldado canadiense destinado a Inglaterra. Quizás por seguir siendo una niña (no deja de tener 15 años, por muy enamorada que esté), el guión da más presencia a su historia de amor y desamor, que sí se puede considerar un fragmento más completo, pero no del todo satisfactorio por no dejar de ser el cliché de la típica historia de amor de película. No obstante, quizás para recalcar ese “tono cliché”, el director nos muestra, exactamente al dejar a la pareja terminando de hacer el amor, a la familia al completo viendo una película de temática similar, donde un soldado debe abandonar a su amada para ir al frente: parece querer decirnos que, aunque sea un tema trillado y peliculero, era verdad.

Otra elección curiosa es el espacio en el que se desarrolla la película. Casi unos No Lugares, alejados del bullicio de la guerra, pero donde ésta también se deja sentir. Porque, al hablar de cine bélico (aunque Esperanza y Gloria no sea estrictamente un “film de guerra”), un director suele plantear movimiento, escenarios cambiantes, para mostrar cómo el horror afecta a todos. Pero Boorman no pretende darnos un muestrario completo de cómo fue la guerra en Inglaterra. Es consciente de que su propuesta se focaliza en un grupo concreto de personas y la cámara, salvo en un par de excepciones y en la parte final, donde la acción se desplaza a otro lugar, no sale de esa pequeña calle en la que vive la familia protagonista. En ella, acontecen hechos de variado pelaje: desde la búsqueda de metralla de los jóvenes y la constitución de ese pequeño grupo de pequeñas bestias que quedan en su club social para reunir munición que no ha explotado y destrozar bidés, armarios y demás mobiliario ya inservible por la guerra, a las reuniones de las madres de familia para ir a recoger ropa de racionamiento, donde se nos muestra que, a pesar de la guerra, la vida sigue, y los chismorreos, marujeos y líos de faldas siguen vigentes como en cualquier otro momento del año. El bullicio, las precauciones, el miedo a los soldados alemanes (impagable la escena en la que un aviador alemán cae en mitad de la calle y asusta a todos los vecinos) son mostrados con total calma, sin enaltecerlos ni exagerarlos, con total sobriedad visual.


Y es que el espíritu de la película obliga a ese tono: es imposible querer mostrar todos los sucesos que transcurren a lo largo de la película sin dejar claro que es el plan de cada día, que esos sucesos que el joven Billy y sus amigos ven como algo extraordinario son algo plausible y normal. El director es consciente de ello y la mayor parte de la cinta es de una sencillez casi apabullante. No obstante, deja escapar ramalazos visuales del hombre que hizo Excalibur en algunos momentos impagables: en el primer bombardeo, la hija mayor sale del refugio y empieza a bailar con las casas en llamas al fondo mientras grita “¡Ven, Billy, vamos a ver los fuegos artificiales!”. Y esta sencillez se multiplica en el último tramo de la película: el viaje a casa de los abuelos maternos, donde un conscientemente sobreactuadísimo Ian Bannen se adueña de la función con su personaje machista y cascarrabias. En esta parte, la película transcurre como el río por el que navegan sus protagonistas: tranquila y liviana. Más comedia que nunca, con el abuelo enseñando a su nieto a manejar una canoa, a jugar al cricket, y con el punto de comedia romántica de la relación de la hermana mayor con el joven militar canadiense. Lo que podríamos denominar los pequeños placeres de la vida: las comidas familiares, los momentos de paz junto al río, la tranquilidad alejado del peor conflicto bélico que ha sufrido la humanidad. Pequeñas joyas casi renoirianas. Pero, si bien estas secuencias son altamente disfrutables por el carisma de sus protagonistas, no menos cierto es que hay ciertos momentos excesivamente alargados, como la partida de cricket entre abuelo y nieto, que se extiende sin aportar nada. De aquí hasta el final, todo son imágenes sencillas, pura comedia, que terminan con la explosión simbólica de lo que es toda la película: en el día de la vuelta al colegio tras el verano, éste está en llamas por los bombardeos, mientras una masa enfervorizada de niños pequeños gritan y rompen cosas, histéricos, felices, porque este gran patio de recreo llamado guerra continúa.

miércoles, 21 de abril de 2010

El héroe y la leyenda: Indiana Jones y la útima cruzada



No sé si es una aseveración de un eminente filósofo, de un famoso con grandilocuencia verbal, de un idiota como el que escribe este comentario, o directamente se le ha ocurrido al idiota que escribe este comentario, pero la frase que dice que cada gran persona o cada gran héroe es hijo de su tiempo, no podría tener un mejor uso que para describir a grandes héroes del cine o la literatura. Y es que estos vienen creados por brillantes escritores o plumillas a sueldo que buscan un salario mensual que les saque de apuros con los que sufragar los costes de la vida bohemia. A su vez, dichos escritores tendrán una forma diferente de concebir a su héroe según la época en que lo hayan imaginado, y también el período en que lo ubiquen, ya que nunca un modelo de actitud estará ubicado por igual en cualquier período temporal. Y a su vez, dichos escritores recibirán unas influencias completamente distintas en apariencia para construir sus personajes fetiche, pero casi todos tienen un prototipo que suelen seguir a rajatabla desde que Cervantes se sacase de la chistera su Quijote. Es el padre de la novela (de aventuras) moderna. ¡Qué digo padre! ¡El abuelo de la novela (de aventuras) moderna! Ese cinismo a veces ajeno a la conciencia del protagonista, ese desencanto en la narración de los acontecimientos, ese afeamiento de la figura del héroe romántico de las novelas de caballería, de Rolando o el Cid, fue quizás el mayor cambio de la literatura en los últimos cinco siglos. Casualmente, fue escrito en plena decadencia del Imperio colonial español, aquel en que no se ponía el sol y que ahora menguaba de manera espídica, y que en la literatura dio como resultado la culminación de, quizás, el mejor libro jamás escrito. El Quijote era hijo de su tiempo, como más tarde lo fueron los románticos mosqueteros de Dumas; el cínico y chulesco detective por excelencia, Philip Marlowe, hijo primogénito y mimado de ese cronista del lado oscuro de la vida que era Chandler; el quijotesco y ensoñador perdedor Arturo Bandini ideado por John Fante; o personajes estrictamente cinematográficos como El hombre sin nombre leoniano; el moral e injustamente acusado de fascista Harry Callahan; Han Solo, sobrado capitán intergaláctico; y el galán de los galanes, (anti)héroe por antonomasia del cine moderno y el mayor mito creado en los últimos 25 años, Indiana Jones.




¿Hay mejor ejemplo para hablar de un héroe y su tiempo que el bueno de Indiana? Mezcla sutil de caracteres que el propio Harrison Ford había interpretado, como el ya nombrado Han Solo, carismático algo chuloplayas aunque tierno personaje robaplanos en Star Wars o el post-Arca Perdida Rick Deckard, blade runner capaz de asesinar por la espalda a alguien si con ello se consigue más dinero y realizar el trabajo más rápido. Indy es el perfecto (anti)héroe surgido de la mente de dos cinéfilos de pro y prestidigitadores cinematográficos de primera como Lucas y Spielberg, sobre todo del primero. El también creador de Star Wars es el verdadero artífice de la construcción de este personaje a modo de, aunque suene irónico teniendo en cuenta el resultado, asaltatumbas: pillo un poco del cínico Bogart de El tesoro de Sierra Madre, la honradez y la valentía del Gary Cooper de Tres lanceros bengalíes o Beau Geste, otro poquito de la autosuficiencia increíble y exagerada del Bond de Connery y quizás otro poquito del toque rata de biblioteca de Tintín. Un profesor aburrido (¿Nunca os habéis preguntado qué les pasa a sus alumnos? Deben tener la carrera planificada para 10 años) que únicamente ansía la aventura alejada de su convencional mundo, cambiando exámenes, secretarias y alumnas enamoradizas por tesoros inimaginables, malos de pérfido carácter y damiselas mas o menos en apuros, involucionando desde Marion, borrachina y peleona, más cómoda en pantalones que en vestido, hasta la tercera chica Indy, la ninfómana de dudoso carácter Ilsa Schneider, pasando por la pizpireta y algo cargante Willie. Todo ello combinado resultó una mezcla perfecta que, a modo de Quijote ochentero, subvertía aquellos modelos a los que copiaba y los barnizaba con un nuevo toque irónico y alejado del héroe ideal tipo Robin Hood de Errol Flynn, más acorde con la época de desencanto que se vivía con títulos desmitificadores y descreídos como Robin y Marian o Excálibur. Estos eran más oscuros y violentos que las clásicas visiones de esos mismos personajes que tenían acostumbrado al público más antiguo, conformando un protagonista rupturista al que la hábil pluma de Lawrence Kasdan y sus tramas sobrenaturales y la espectacular y cuidada puesta en escena de Spielberg supieron colocar en el lugar que se merecía en la primera entrega del genial arqueólogo. Y es precisamente a esa primera parte a donde vuelve Indiana Jones y la última cruzada, título que ejemplifica a la perfección el nivel estrella que alcanzó el personaje durante toda la década de los 80 que le han llevado a ser un personaje que cala hondo en padres e hijos que comparten juntos una afición, donde, a diferencia de la primera aventura del doctor Jones, llamada En busca del arca perdida, ahora el propio personaje y no la historia es un motivo en sí para que el espectador corra a verla al cine. Pura evasión donde el subtexto, siempre presente, queda sepultado ante la brillante planificación del Rey Midas y al carisma de un Harrison Ford directo a la leyenda, capitaneados por un George Lucas que explota el filón a marchas forzadas, y nosotros que nos alegramos de que lo haga.



El punto sobre el que gira esta parte es, como ya he dicho, la vuelta a los orígenes de todo, el regreso casi inconsciente al comienzo de la leyenda, tanto de la película, con una estructura calcada a la de la primera parte, como del propio personaje de Indiana Jones, que vivirá un pequeño viaje al pasado de sus recuerdos a lo largo del film con la aparición del doctor Jones Senior, en una maravillosa interpretación de un carismático Sean Connery. Y es que todo comienza de forma bastante alegórica con una de las mejores y más imaginativas secuencias de acción-comedia de la trilogía, lo cual es mucho decir viendo el desparrame de talento de Spielberg en la planificación de cada persecución o pelea. Si bien durante las anteriores películas el trío calavera nos ha deconstruído y desmitificado al héroe clásico de diversas formas (ridiculizándolo y haciéndole daño en las caídas, amén de nunca perder el sombrero, colocando siempre una X en el lugar donde se encuentra el tesoro, además de poner en su boca ingeniosas frases sacadas de las mejores comedias glamourosas hollywodienses de los años 30 y 40 en sus verborréicos duelos con Willie Scott en El templo maldito), aquí nos muestran como ese héroe se construye con un prodigio de asimilación de los autores y un gran trabajo de mimetización de River Phoenix del propio personaje simplemente alucinante en una secuencia de opening que homenajeaba a aquellas aperturas de las cintas de James Bond cuando este personaje aún no había caído en la mediocridad, y presentándolo como en la primera: con un inteligente juego de sombras e identidades que confunden al espectador con el verdadero Indiana. Y es que la autoconsciencia de grandeza suele ser a veces un pecado que hace que las películas caigan en vulgaridades autocomplacientes aprovechando la fama del personaje o de la película. Pero aquí Spielberg y el guionista se las apañan para contarnos los traumas y las debilidades del héroe al tiempo que nos presentan aquello por lo que siempre es recordado: su sombrero Fedora, su cicatriz y su látigo. Y resume también aquello que le caracteriza: su sincera filantropía, su interés por darle a la gente aquello que se merece, y alejarlo de las manos que únicamente pretenden explotar las cosas en beneficio propio, ya sea económico o para conquistar el mundo. Es la característica principal de Jones, la bondad y la honradez por encima de cualquier cosa. Pero, a partir de aquí, comienza ese torrente de sensaciones que es esta tercera entrega de las aventuras del legendario arqueólogo donde será ese tercer hermano templario al que se le entrega el grial para su protección en una soberbia escena en la que Donovan le entrega una simple copa de champán. Eso es economía de medios y madurez narrativa.




El gran acierto de esta cinta es hacerla más comedia que película de acción, rebajando también el tono oscuro que tuvo reproches en El templo maldito. Limitando la importancia del guión a una sucesión de escenas de acción entrelazadas con geniales e inolvidables gags, Spielberg se aleja de la trama sobrenatural en busca del Grial y se centra en el duelo-reencuentro paterno-filial y las carencias afectivas del héroe Jones, un personaje que tuvo que crecer solo y por ello, o quizás gracias a ello, se volvió el ser autosuficiente y cínico que es actualmente. Nunca hay que olvidar que, si bien es cierto que la acción es una parte importantísima en esta modernización del clásico cine serial de aventuras, es el humor desbordante y absurdo en ocasiones aquello que reina imperiosamente durante toda la película, y que se va acrecentando conforme avanza la saga. Si bien en la primera película tenía en el cine de mamporros y caídas sus mejors gags, la segunda volvía a esos duelos interpretativos entre Cary Grant o Spencer Tracy y Katharine Hepburn con diálogos cargados de equívocos y dobles sentidos, y esta tercera ponía en primer plano a una extraña pareja cargada de química que recordaba a la formada por el propio Connery y Michael Caine en El hombre que pudo reinar, quizás la más maravillosa cinta de aventuras clásicas de la historia del cine. En un constante tira y afloja, la sucesión de hilarantes secuencias se adueñan por completo de una trama que resulta ser un mero mcguffin supletorio para permitir el juego dialéctico entre padre e hijo, sustituidos a veces por el también divertidísimo y algo inocentón Marcus, entrañable interpretación de Denholm Elliot. Dicho mcguffin únicamente cobra fuerza al final de la cinta en la que Indiana comienza a ver que el grial no es más que una metáfora de la búsqueda que le servirá para conocer a su padre, idea típicamente spielbergiana, ya que la ausencia paternal es siempre motivo recurrente en la filmografía del maestro.



Y es que las películas de Indiana Jones siempre van más allá. En el cine clásico de aventuras se buscaba un tesoro para hablar de la ambición, y quizás esa crítica a la ambición desmedida la tienen también las aventuras ideadas por Lucas, como ejemplifican los casos de Belloq en la primera parte o de Elsa Schneider en esta tercera, pero lo que destaca es que dichos tesoros siempre tienen virtudes sagradas. De este modo, se otorga a la historia un carácter casi espiritual en determinados momentos, realizando un pequeño análisis acerca de la relación del hombre con dios y su posible existencia, debido a que la trilogía obliga, prácticamente, a la creencia de que hay un ente superior, llámese dios o demiurgo, que rige los destinos del mundo, y que aquí es aprovechado para estrechar (y de qué manera) la figura del padre y con el hijo y el emocionante final con el Grial y la prueba de valor a la que se ve sometido Indiana. Pero no hay que olvidar que, en determinadas películas el mcguffin no deja de ser eso, un mcguffin, una excusa que sirve para articular un gran entretenimiento en torno a ella con personajes muy muy buenos y muy muy malos y cuyo interés inicial queda a expensas de cómo avance la historia y, sobre todo, como lo haga el director para que no resulte aburrida la casi ausencia de un entramado histórico central, y ese es el caso de las películas de Indiana Jones. Son un continuo juego de acción-comedia donde Spielberg da alas a su impresionante talento. En ellas, crea unas espectaculares secuencias de acción a la vez que rueda los mejores gags cómicos de su carrera y permite al espectador viajar a tierras lejanas, enfrentarse a los nazis y vivir en primera persona hechos inverosímiles a los que el talento de un buen cuentacuentos saca todo su potencial, y entregan una absoluta y rotunda obra maestra, una película ejemplar de aquello tan defenestrado que es el cine de entretenimiento de la que deben huir aquellos que amen el arte y ensayo por encima de la más pura concepción del cine: espectáculo.



martes, 26 de enero de 2010

El sexo de los aliens: Lo que Cameron no quiso que viésemos

Avatar es para muchos una gran película. Para mí, un entretenimiento que no vale ni de coña 10 euros. No tiene un gran guión, pero es divertida. Pero hay algo que me escamó soberanamente: la escena de sexo más bizarra de la historia del cine, o al menos que yo recuerde (si no contamos Braindead). Con el estilo Disney que tiene toda la peli, donde no se sangra y no hay más que castos besos a lo Crepúsculo, con una cursilería que te hace poner cara de WTF!, a la hora del sexo, cuando todo toma un cariz excesivamente freak, Cameron quería evitarlo todo mediante una sutil y pseudopoética elipsis. Pero por fin tenemos el polvo de Jake Sully y Neitiry. No ando especialmente animado en los últimos días, pero este vídeo me ha hecho gracia.



I wanna feel your ponytail deep inside me!

jueves, 21 de enero de 2010

Cine seriado: El vuelo de los Conchords



Nueva Zelanda, sí, ¡como El Señor de los Anillos!. Nueva Zelanda, si exiges poco te encantará. Nueva Zelanda, como Escocia pero más lejos. Nueva Zelanda, a sólo 18 horas de vuelo. ¿Qué había producido Nueva Zelanda antes del 2001? ¿Qué nos había dado esa pequeña doble isla antes de que Peter Jackson se atreviese a llevar allí el rodaje de El Señor de los Anillos? Que yo recuerde, nada. Y los propios neocelandeses parecen ser conscientes de ello y se toman muy poco en serio a sí mismos, o por el contrario, deben odiar a Jemaine Clement y Bret Mckenzie (quien por cierto, salió en El Retorno del Rey como acompañante de Arwen). ¿Quiénes son estos dos personajes? Pues Jemaine Clement y Bret Mackenzie, o lo que es lo mismo, Flight of the Conchords. Los cuatro eslóganes que he puesto al principio del post son algunos de los hilarantes mensajes con los que el gobierno neocelandés vende el turismo en su país. O al menos eso nos quieren hacer creer Bret y Jemaine, Jemaine y Bret, acompañados por el no menos genial Murray, probablemente el peor representante de bandas (y ayudante del agregado cultural neocelandés en Nueva York) de toda la historia de la humanidad. Los Conchords son dos pequeñas hormiguitas que llegan a la gran ciudad pensando que todo es como en el pueblo, pero no son más que alguien a quien ridiculizar. Porque el sentimiento neocelandés está planteado de forma brillante, puesto que son el último mono en todo, y siempre son el blanco de las bromas de los australianos, o de Dave, el friki que afirma que vive con compañeros de piso y no con sus padres aunque tengan fotos con él de pequeño y se parezcan muchísimo, y que afirma que el neocelandés es un lenguaje que “se habla improvisando, que no tienen un idioma concreto”. Y sí, su primer ministro es tan zopenco o más como los propios protagonistas. Si John Ford viviese en nuestros tiempos trabajaría en televisión, y si hiciera una comedia, probablemente haría The Flight of the Conchords por el fuerte sentimiento patriótico que tiene.



¿De qué va Flight of the Conchords? Es difícil especificarlo en una sola palabra, es más, es difícil especificarlo en una sola frase. Se podría decir que va sobre la (no) carrera de un par de músicos amateurs que han decidido hacer las américas y que les tomen en serio. No tienen talento, no son atractivos (al menos sin peluca de Art Garfunkel) y ambos comparten casa, dormitorio... y en algún momento incluso novia. Pero dejemos líos aparte y tratemos de definir de qué va. Bret es un tipo inocente, guitarrista, que además de la música tiene interesantes tareas, como construir un casco de bicicleta que se asemeje a su pelo. Jemaine es también un tipo inocente, bajista, que además tiene también muy interesantes tareas, como… ¿Dormir? Nos encontramos pues ante dos tipos que, separados, no saben cómo comportarse, ya que hablamos casi de la misma persona. Casi podría decirse que ambos tienen síndrome de Asperger, porque su capacidad de relacionarse y empalizar con el mundo es inexistente a excepción de ellos mismos. Estoy convencido de que si uno cogiese un resfriado, el otro lo sentiría también. Dos absolutos perdedores que dan conciertos en ascensores gracias a Murray Hewitt. Este último es básico para entender por qué tenemos a dos fracasados como estrellas absolutas del show. Trabaja en un despacho pequeño en el consulado de Nueva Zelanda, es maniático y gasta todos sus ahorros intentando que sus chicos den un concierto en condiciones (No recuerdo haber dicho Central Park, si no un parque del centro) y que no para de darles ideas y consejos totalmente fuera de lugar.



Y luego está Mel. Mel, como el Kenneth de 30 Rock, es de esos personajes secundarios sin aparente importancia pero si tratamos de imaginar la serie sin ellos nos damos cuenta de que no sería lo mismo. Es la gran fan (más bien la única fan) de Flight of the Conchords que colecciona todo el merchandising que sale de ellos, que va a todos sus conciertos, que sueña constantemente con Bret y Jemaine y que incluso llega a travestir a su marido para que se parezca a Bret. Es, en definitiva, la clásica fanática histérica que se quita la camiseta en mitad de un concierto y enseña las tetas. Y es que por ahí encontramos la clave para entender Flight of the Conchords. Una visión muy pequeña del rock más pequeño. Neocelandeses haciendo rock. Con todos los tópicos vistos desde el punto mas anticonvencionalista: las groupies, las drogas, el alcohol, los destrozos en hoteles, la falsa conciencia social, las canciones románticas (antológica la que le cantan a Coco, la primera novia de Bret)… todo ello tiene aquí una mirada ácida que ridiculiza los esquemas del rockero. Las apariciones espectrales de David Bowie, un payaso Art Garfunkel o los clásicos imitadores de rockeros tienen aquí su hueco, y todo ello sin olvidar las pequeñas joyas de cada capítulo: las canciones. Como si nos plantásemos ante un musical, en momentos determinados, y sin que lo esperemos, Bret y Jemaine irrumpen en un cántico que homenajea a los diferentes estilos musicales: desde el reguetón (¿Se escribe así?) al rock de Bowie, pasando por la música ochentena y sus sintetizadores o el rap donde se ofende a otros raperos. Con unas coreografías que mezclan genialidad y absurdo de una forma primorosa y unas letras que sacarían de quicio a cualquier academicista musical, suponen estimulantes paréntesis en donde se derrocha talento y mala leche, y que elevan Flight of the Conchords a la categoría de locura surrealista.

Bowie


Donovan


Visage


El Señor de los Anillos


Bret atacando a todos los raperos


Y mi favorita, If you're into it

martes, 2 de diciembre de 2008

Hot Fuzz, cuando Michael Mann conoció a los Python


Hoy en día no hay cómico más grande que Simon Pegg. Está en plena forma y es de los pocos motivos que servidor tiene para ver una comedia actual y, siendo bastante estricto, en color. Hay un detalle curioso, y es que el bueno de Simon podría estar casi encasillado como personaje irresponsable, inmaduro, que tiene que cambiar su forma de ser antes de que se acabe la película, ¿O no?. Quizás con la excepción de Big nothing, flojísima comedia con Ross el de Friends (nunca David Schwimmer) en la que hacía de mentiroso en una película que bebía demasiado de grandes títulos de perdedores como Fargo o Un plan sencillo aunque dándole a todo un toque más cómico que, si ya tenía poca gracia, se hundía cuando todo se ponía muy dramático y profundo. Servidor, como imagino que la mayoría, le descubrió con esa genialidad hasta su última parte que era Shaun of the dead, parodia de los zombies donde arrancaban casi una página de cada guión de película, cómic o videojuego del género carnívoro para hablar acerca de la madurez y de la decisión de un estúpido perdedor irresponsable, ya que el verdadero subtexto de la película dejaba bien claro qué clase de historia se contaba, y además, también venía en el cartel: una comedia romántica con zombies. ¿Por qué digo que está casi encasillado como inmaduro? Quien haya visto Run, fatboy, run, podrá decirme porqué, ya que vuelve a hacer de mamarracho sin nada, desecho social que vive solo y que dejó escapar la mejor oportunidad de su vida por el auténtico miedo al compromiso. El problema en general de la película es que era muy... americana, con lo que eso conlleva, salvo en las partes donde más salía nuestro gran cómico, pura irreverencia y camuflaba un pelín esa corrección política que jamás encontraríamos en una buena comedia británica. Y bueno, ahí está Spaced... si esa serie no representa a todo joven desencantado cuya única motivación es sobrevivir con el trabajo basura más próximo, ser más friki que otro y salir de fiesta, que venga Clint y lo vea. Evidentemente, Pegg tenía que ser inglés, y no podía ser de otra nacionalidad Hot Fuzz, probablemente la mejor comedia que he visto en años. Sarcástica, políticamente incorrecta, brutal y escatológica, así es la genial cinta de Edgar Wright, que, si bien tiene como objetivo principal parodiar el mayor número de películas posiblesentre ellas Chinatown, Halloween o Sé lo que hicisteis el último verano, con los referentes de Le llaman Bodhi (no la he visto, lo siento) y Dos policías rebeldes, infecta cinta del Howard Hawks del siglo XXI (el duque de Parla dixit), Michael Bay, a la cabeza, habla de algo que hizo Michael Mann en su excelente Heat, obra cumbre del policíaco moderno.

Y es que las parodias inglesas no son como las americanas, allí no tienen ... movie y demás crímenes contra el buen gusto, no consiste en amontonar grandes cantidades de chistes bochornosos que limitan con el insulto al espectador. Como en su anterior película, Shaun of the dead, la burla continua sirve para hablar acerca de la vida interior de un policía que parece condenado a vivir por y para el cuerpo (nunca La Fuerza) y su eterno debate psicológico y moral entre el deber y la familia o amigos, deudor del siempre tachado de fascista Harry Callahan. Con un guión cuasiperfecto, se nos cuenta la historia de Nicholas Angel, el superpolicía de Londres que humilla a sus compañeros al ser el perfecto defensor del crimen y no dejar caso sin resolver. Por ello, se le manda a un pueblecito para que sea el superpoli entre cisnes, fiestas parroquiales y marujeos varios. Pero como el Vincent Hannah de Al Pacino, la absoluta obsesión por su trabajo le impide mantener una relación con su pareja (sensacional cameo de Cate Blanchett) y es conociendo a Danny Butterman, genial Nick Frost, cómo se da cuenta de que debe cambiar para ser apreciado y recuperar la humanidad después de haber perdido todo contacto con la realidad. Durante una escena en el bar, Nicholas le cuenta a Danny que desde siempre quiso ser policía y que no recuerda ningún momento en que no quisiera serlo, y es la perfecta demostración de que seguimos ante el niño que quería ser justiciero y detener a todos los criminales, como hacía con su cochecito de pedales, dejando atrás el proceso de desarrollo como persona adulta, volviendo de nuevo a su idea temática primigenia que veíamos en Shaun of the dead y en Spaced, el pánico ante las responsabilidades del mundo. Por otro lado, tenemos al personaje de Danny Butterman, necesitado de un padre que le cuide tras ver como el suyo pasa de él, preocupado como estaba este por la vigilancia del pueblo y tratándole como un niño pequeño al que disfraza de cowboy pasados los treinta. Engañado, privado de la verdad, a través de la especial relación entre ambos, Nicholas le dará el espaldarazo definitvo al personaje de Frost para lanzarse a la destrucción de esa ilusión en la que ha estado sumergido y a la destrucción (siempre metafórica, no olvidemos que aquí no muere nadie, como en El equipo A) del creador, y estableciendo un vínculo entre ellos que terminará por ser absolutamente paternofilial, madurando los dos al mismo tiempo y comenzando a interesarse uno por las ideas del otro. Danny va observando la responsabilidad ética del policía y aprendiendo a tomarse su trabajo en serio, Nicholas disfrutando de las tonterías de Danny, correspondiéndole este con su afán por sus películas de acción como el padre que para acercarse a su hijo juega con él. Ese proceso de aprendizaje recíproco es el gran leitmotiv a nivel sentimental, dos personas que se necesitan y que, por fin, se han encontrado y se atreven a cruzar el umbral y poner el pie en el camino. No se es mejor policía cuando más cacos se detienen, si no cuanto mejor te relacionas con tu entorno.

Y es que la película no trata únicamente ese tema con el protagonista, si no que todo gravita en torno a esa idea. La obsesión por la tranquilidad, por impedir que las cosas cambien, la incapacidad de asumir el avance de la historia y el desgaste de los modelos de convivencia tradicionales, es lo que origina ese grupo de tiernas abuelitas y comerciantes locales que torpedean todo lo nuevo por el bien común, el gran lema de la Logia. Trabajando por el porvenir de la localidad, luchando para que no se produzca el apocalipsis en forma de derrota en el concurso a pueblo del año. Una total emulación del fascismo más conservador, ese que se aferra a unos valores ancestrales en lugar de la panacea revolucionaria que supone para muchos esa ideología, y que imposibilita la creación de mundos nuevos, de esas dictaduras que manejan al inocente pueblo cual marioneta con la única justificación que una mente enferma le quiera dar a sus resultados. No hay que ser, por tanto, muy perspicaz para percatarse de toda esa riqueza semiótica que dispone Wright en pantalla, puesto que la simbología es, cuanto menos, evidente. La primera parte de la película, en forma de melodrama, nos va presentando a un pueblo clásico, donde nada sobresale, la normalidad más imperceptible, y en la segunda, el nudo, vamos viendo la aparición de un asesino que homenajea a los clásicos serial killers del cine slasher, pero que no hace otra cosa que jugar con esa idea de la invisibilidad de la muerte, cualquiera puede haber sido escondido tras el halo del anonimato, referente de la violencia fascista de momentos célebres como La noche de los cristales rotos, donde los cobardes atacaban bajo el rostro cubierto de la multitud dejando un rastro de cadáveres sepultados por la mentira. No hay un asesino, es la masa informe la que comete tan despreciables crímenes. Con el sudario negro, la muerte aparece ante sus víctimas como un ser desconocido y casi podemos decir que omnipotente, aunque no hace más que presentarnos el desenlace final: esa comitiva de abuelitas y tenderos locales no son más que unos obsesos, unos asesinos que matan para conservar todo aquello que aman, odian lo exterior, eliminando cualquier rastrojo que no sea digno de la raza y de la ética acomodada que representa Sandford, versión cutre de la aria, celebrando sus encuentros sociales en un castillo medieval a las afueras del pueblo, remarcando esa pasión por la antigua Inglaterra, más o menos lo que sentía Hitler con respecto a la épica de las historias aparecidas en la Edad Media con Sigfredo de protagonista, todo ello respaldado por la Iglesia, por seguir estableciendo nexos de unión con las cúpulas fascistas. Obviamente, con su sutileza habitual, colocan a The Kinks en la banda sonora con su Village Green Preservation Society... si es que los ingleses son la raza superior, al fin y al cabo.





Aunque bueno, también es cierto que la gran opción de ver esta peli es predispuesto a reírse y sin buscarle dobles lecturas a todo, que te lo pasarás en grande.



FASCIST!